Traiciones patriarcales a la ilustración. V y último

La bipolaridad opresiva.

El Orden patriarcalLa construcción liberal ilustrada de lo “privado” incluía en sus orígenes la intendencia y reproducción domésticas y a quienes “naturalmente” se les concibe más aptas para su realización: a las mujeres.

Como hemos podido constatar de la mano de Cristina Molina de forma resumida, tanto en el pensamientos de Locke, como en el de Rousseau y aún en el de Mill, la sujeción de la mujer se realiza indicándole su lugar, su sitio y con ello imponiéndole limites, un campo de acción específico tanto en sentido práctico como simbólico, donde presuntamente su ser y su capacidad deben desarrollarse y realizarse. Así, la adscripción a la esfera privada en el ámbito de lo doméstico es el mecanismo por el que, en la tradición ilustrada y en la ideología liberal, se opera la marginación de la mujer de las promesas ilustradas: fuera de “lo público” no hay razón, ni ciudadanía, ni igualdad ni legalidad, ni reconocimiento de los otros.

El pensamiento ilustrado liberal encierra a la mujer en lo privado-doméstico como condición de posibilidad para que el hombre acceda sin problema al reino público-político. Desde la dinámica de los géneros, se hace manifiesta una de las características más llamativas del patriarcado como forma de poder: su capacidad para asignar los espacios de lo femenino. Dentro de este marco teórico cobran sentido los debates sobre el carácter del trabajo de la mujer, que no podrá ser nunca liberado mientras se sitúe lo femenino en relación a lo privado – doméstico.

Así, la ilustración, desde sus orígenes, no cumple sus promesas. La razón a la que se apela no es la Razón Universal. La mujer queda afuera de ella. La mujer en el Siglo de las luces, sigue siendo definida como Pasión, Naturaleza, el “refugio fantasmático de lo originario” en términos de Montesquieu, previo al ámbito propiamente humano de lo social-civil. En clave feminista, la razón ilustrada que en un principio representa la promesa de liberación en común en cuanto a razón universal, se transforma en su opuesto, el patriarcalismo liberal, consumando y justificando la dominación y la sujeción de la mujer una vez definido “lo femenino” como naturaleza (Molina op. cit y Perspectivas Feministas en Teoría Política Castells, C., compiladora, Paidos, 1996).

Si “lo privado” (doméstico) en la tradición clásica ilustrada apela al reino de la “necesidad” donde se realizan los trabajos de mantenimiento y sobrevivencia del individuo y representa un estadio pre-político; bajo las doctrinas liberales se redimensiona en términos de la “propiedad privada” que, en cierto modo, es el  “otro yo” del propietario. Este sentido liberal de lo privado hace referencia a “lo propio” que se distingue frente a “lo común” o frente al Estado. Pero en cuanto a la mujer se refiere, “lo privado” no sale nunca del ámbito doméstico, de la esfera de la necesidad.

La dicotomía público/privado es, en ultima instancia, una cuestión de valoración, del establecimiento de unos códigos valorativos que hacen coincidir las actividades menos estimadas en una sociedad dada con el espacio propio de la mujer —que siempre será el reino de “lo privado” en cuanto “lo no relevante”— mientras que las actividades que cuentan con la estima y la aprobación social se reservan como espacios de lo masculino y se llaman “públicas”. En la medida en que se establece así una jerarquía de valores para los espacios del hombre y de la mujer, existe una constante retroalimentación o actualización en todo el mecanismo; y el hecho de que la mujer ocupe un determinado espacio, hace que se desvalorice esa parcela.

A lo largo de toda la época moderna y contemporánea, un gran número de esposas han tenido siempre que entrar en el mundo público del empleo remunerado para asegurar la supervivencia de sus familias. No obstante, su presencia ha servido para subrayar la continuidad patriarcal existente entre la división sexual del trabajo en la familia, y la división sexual del trabajo en el ámbito profesional. Las investigaciones feministas han mostrado que las mujeres trabajadoras se concentran en unas pocas áreas ocupacionales —“trabajaos propios de mujeres”— y en empleos poco remunerados de bajo estatus y consideración auxiliar (crf. Problemas Sociales de Género en el Mundo Global, Martines, coordinadora;  edt. Ramon Areces, 2006).

Una de las consignas más populares de feminismo radical es “lo personal es político”. Con esta toma de conciencia se busca rechazar explícitamente no sólo la separación liberal entre lo público y lo privado, al tiempo de subrayar la dinámicas de interdependencia entres estos dos ámbitos. Las feministas no han revelado cómo las circunstancias personales están estructuradas por factores públicos —leyes sobre la violencia y el aborto, por el estatus de “esposa”, por políticas relativas al cuidado de los hijos, por la asignación de subsidios propios al Estado de Bienestar y por la división sexual del trabajo en el hogar y fuera de él—, al tiempo que han subrayado cómo en los debates sobre la vida laboral, tanto liberales como marxistas, dan siempre por supuesto que es  posible entender la actividad económica prescindiendo de la vida doméstica.

Revelaciones feministas Se suele olvidar que el trabajador puede estar listo para hacerlo y concentrarse en él completamente liberado de la cotidiana necesidad de preparar la comida, fregar, lavar y atender a posibles crías sólo porque estas tareas son realizadas de forma no remunerada por la esposa. Y cuando se trata, además de una trabajadora remunerada, se cae en lo que suele llamarse la “doble jornada”, pues aún en ese caso no puede liberarse de sus actividades “naturales”.

Éstas, entre otras críticas feministas a la dicotomía entre privado y público, subrayan que estas categorías aluden a dos dimensiones interrelacionadas de la estructura del patriarcalismo liberal; no necesariamente se sugiere que no pueda o no deba trazarse ninguna distinción entre el aspecto personal y político de la vida social.

En definitiva, a partir de estas críticas y sus muy diversas propuestas de reflexión y acción, las feministas están intentando desarrollar una teoría de la práctica social que, por primera vez en el mundo occidental, sería una teoría verdaderamente general —incluyendo a hombres y mujeres por igual— basada en la interrelación, y no en la separación y oposición de la vida individual y la colectiva, de la personal y la política.

HeCanDoItA un nivel inmediatamente práctico, esta necesidad se expresa en la que quizás sea la conclusión más clara de la crítica feminista: si las mujeres han de participar plenamente como iguales en la vida social, los hombres han de compartir por igual la crianza de los hijos y otras tareas domésticas. Mientras a las mujeres se les identifique con este trabajo “privado” (del varón), es decir doméstico, su estatus público siempre se verá debilitado.

Esta conclusión no niega, como suele argumentarse, el hecho biológico de que son las mujeres y no los hombres quienes paren; lo que niega es el supuesto patriarcal según el cual este hecho biológico conlleva que únicamente ellas pueden criarles.

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