Traiciones patriarcales a la ilustración. IV / V

JOHN STUART MILL (1806- 1873), o de la mujer como sostén doméstico.

6a00d8341c595453ef017c31660d1b970b-320wiReconocido como uno de los primeros hombres ilustrados que se suma a la causa de los derechos de las mujeres, fue incapaz de superar la bipolaridad “racional” de los espacios entre lo público y lo privado/domésticos.

En su obra On Libertí, Mill distingue dos esferas en la actividad y en la experiencia del individuo: la esfera social o de la interacción, donde la vida de cada cual queda afectada por la actividad de los otros, y donde puede darse el conflicto de intereses, y la esfera interna, que incluye los pensamientos, deseos, sentimientos y otras experiencias de la conciencia  individual, juntamente con las actividades del individuo que le afectan sólo a él o a otros, pero con el libre y voluntario consentimiento de estos otros. En la esfera interna está incluida la sociedad conyugal y los hijos.

Es también apelando a la razón ilustrada que Mills redacta en 1860 -1861 el principal documento feminista de la época, On Subjection of Women, con el objeto de “explicar tan claro como me sea posible, que el principio que regula las relaciones entre los sexos —la subordinación legal de la mujer— es erróneo en sí mismo”.

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El estado de subordinación de la mujer de su tiempo no está basado, según él, en argumentos racionales sino en “la fe, en las costumbres y en el sentir general”. Si la gente estuviera “más cultivada” no caería en estos prejuicios. Las verdaderas razones de la subordinación de la mujer hay que buscarlas, según Mill, en el hecho de la inferior fuerza física femenina, que en sociedades primitivas llevó a la mujer a situarse bajo la protección de un hombre. Posteriormente las leyes convirtieron este estado de hecho en uno de derecho:

La adopción de este sistema de desigualdad, nunca fue el resultado de una deliberación, o de ninguna idea social […] surgió simplemente del hecho de que en los albores de la sociedad humana, cada mujer […] estaba ligada a un hombre. Las leyes y los sistemas sociales siempre comienzas reconociendo las relaciones que ya existen entre los individuos […] [Las leyes] convierten lo que era un mero hecho físico, en un derecho legal.
La desigualdad de derechos entre el hombre y la mujer, no tiene otra base que la ley del más fuerte. (Molina op. cit: 100)

El poder del hombre sobre la mujer, basado en la fuerza, repugna a la idea liberal de que la autoridad se adquiere por méritos y con el consenso del gobernado y, de ninguna manera, por prerrogativas  de nacimiento.

Para Mill, como para Simon de Beauvoir el siglo siguiente, el ser de la mujer está definido artificialmente por el hombre:

Lo que ahora llamamos naturaleza de la mujer es una cosa eminentemente artificial, a saber, el resultado de represiones forzadas en ciertas direcciones y de innaturales estímulos en otras. Se puede afirmar sin escrúpulos que ninguna otra clase de seres dependientes ha tenido un carácter tan enteramente distorsionado de sus naturales proporciones por las relaciones con sus dueños.

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Mill se sale del entendimiento liberal del individuo-átomo para reconocer que hay un colectivo “mujer“, una especie de clase sexual definida por sus relaciones de subordinación respecto al otro sexo. Y sin embargo, Mill no puede trascender del todo los presupuestos liberales.

Su alternativa de solución vendrá dada por el desarrollo intelectual individual a través de la educación. Sin que implique su abandono de la vida privada, gracias a la educación la mujer podrá entrar en la esfera pública y manejarse en un sentido de igualdad con el varón.

Se sitúa así Mill en la postura que va ser la clásica del feminismo liberal; la entrada de la mujer en la esfera pública es el significado de la verdadera “liberación” femenina y la igualdad se entiende como una mera igualdad legal, es decir, como la garantía pública de una igualdad formal de oportunidades aunque no se den las condiciones en la práctica.

Mill, entonces, acepta la tradicional división de labores por sexo, donde la mujer es la responsable de la casa y la familia, mientras que al hombre le toca trabajar fuera. Si bien aboga por la educación de las mujeres para su independencia, transmite un deseo a que la mujer continuara en casa, idealizando los valores tradiciones de lo doméstico:

La gran ocupación de la mujer debe ser la de embellecer la vida: cultivar las facultades del cuerpo y mente por el gusto de hacerlo y para aquellos que la rodean […] cultivar sus poderes de alegría y de dar alegría y el difundir elegancia y gracia por doquier […] Si además de ello, la actividad de su naturaleza le pide algún trabajo más definido que exija más energía, no le faltará ocasión para ello. (Molina op. cit: 102)

La crítica de Mill a la situación de la mujer parte, a la manera de las primeras feministas, de la necesidad de universalizar las demandas de la razón ilustrada y las promesas liberales de igualdad de oportunidades.

Mill piensa que ninguna sociedad puede tener esperanza de lograr mayores índices de justicia mientras la mitad de sus componentes se encuentran en estado de sujeción. A lo largo de su obra se esfuerza por demostrar que la sujeción de la mujer no aporta nada al interés general.

Para este autor, el progreso social se mostraría, por el contrario, por las mejoras de las condiciones de la mujer. Estas mejoras en la situación de la mujer, que vendrían de la mano de la educación de la niña en igualad de oportunidades con el niño, no pueden hallar aplicación práctica en la estructura social que Mill defiende.

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Mill reconoce, tácitamente, que el mundo de lo público, del liberalismo burgués, depende de una visión de la esfera de lo privado donde la mujer juega un papel fundamental de “suavizadora” (softener) de las rudezas del mundo de lo público. Ningún trabajo puede substraerle de su principal ocupación, que es la doméstica.

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