Traiciones patriarcales a la ilustración. III / V

JEAN-JACQUES ROUSSEAU (1712 – 1778), de la mujer sujeta/pasiva.

Continuando con esta revisión personal de cómo los sueños ilustrados se convierten en pesadillas patriarcales, es momento de detenernos en Rousseau y su particular sujeción del colectivo femenino.

Es en su Discurso sobre la economía política  donde Rousseau establece una clara diferencia entre “economía general o política” y “economía particular o doméstica”. Para Rousseau el estado no tiene nada que ver con la familia.

[…] ¿cómo podrá el gobierno del Estado asemejarse al de la familia, siendo tan diferentes sus fundamentos respectivos? Por ser el padre físicamente más fuerte que sus hijos […] el poder paterno parece, con razón, establecido por la naturaleza (en Molina op. cit.).

Como en Locke, la ley del más fuerte es la que impera en el mundo doméstico. A pesar de que en su Discurso sobre el origen y fundamentos de la desigualdad entres los hombres,  afirma que la desigualdad física no implica la desigualdad moral o “de poder”, al interior de la familia la autoridad del padre está establecida por naturaleza y no puede ser compartida por la madre puesto que “es necesario que el gobierno sea único y que en caso de división de opiniones, haya una voz preponderante que decida”.

Si la sociedad civil de Rousseau debe ser movida por la “voluntad general”, en su sociedad familiar mujer e hijos se ven sujetos al padre sin facultades de apelación y reduciendo su quehacer a trabajar por y para el paterfamilia a cambio de manutención, esperando los hijos poder heredar:

“el principal objeto de todos los trabajos de la casa es el de conservar e incrementar el patrimonio del padre para que éste pueda un día repartirlo entre sus hijos”.

Si en la sociedad civil de Rousseau el gobernante ha de moverse por el interés general, en la sociedad familiar espera que el padre se guíe por la felicidad particular de los elementos que componen la familia. Sin embargo, a partir de los propios contextos de su obra, no existe otra felicidad que la derivada de la autonomía y la libertad, de la autosuficiencia y el ocio. Y en la familia, sin embargo, el padre impone reglas de conducta que no tienen nada que ver con aquellos principios libertarios.

No hay ley ni razón por encima del padre. Su voluntad particular es Ley. Modelo que sería nefasto para la sociedad civil:

[…] si la voz de la naturaleza es el mejor consejo que pueda escuchar el padre para cumplir bien sus deberes, para el magistrado es sólo un falso guía que trata sin cesar de separarle de sus obligaciones y que, tarde o temprano, le arrastra a su perdición y a la del Estado […] La única virtud que el padre de familia necesita consiste en guardarse de la depravación e impedir que se corrompan sus inclinaciones naturales.

Sociedad y naturaleza son términos en conflicto en el pensamiento rousseauniano. La sociedad se afirma como “negadora de la naturaleza” en cuanto negadora del “hombre natural”, y en esta negación Rousseau sitúa el principio de todos los males y los vicios.

Para superar esta dialéctica socialización-corrupción, Rousseau  no intenta reestablecer el estado de naturaleza, sino crear un estadio nuevo a partir de instancias morales y legitimadoras. En El Contrato Social la categorización de la familia como “sociedad natural” no le imprimen unas características de bondad o pureza primigenias, sino al contrario, la desmarca del reino de la legalidad y de la moralidad racional. En esta obra Rousseau justifica la autoridad paterna a partir de “lazos naturales” anteriores y ajenos a toda convención.

En su Discurso sobre la Desigualdad, en cambio Rousseau señala la aparición de la familia como un estadio posterior al antiguo estado de naturaleza. Aquí la familia es conceptualizada como una sociedad propiamente dicha en cuanto se establece a partir de unos vínculos libremente aceptados por sus miembros. El grupo familiar es posterior al antiguo estado de promiscuidad, y con la organización familiar empiezan las desigualdades políticas y aparece la primera división del trabajo en función del sexo. Pero ello no implica la idea de un “contrato social” que el autor reserva para la sociedad civil.

Para Rousseau “las madres ciudadanas son monstruos”, pues la mujer debe moverse en todo momento por sentimientos naturales con vistas al bien particular de los suyos en la esfera familiar y nunca por los dictados del interés general que es lo que define al ciudadano. La sujeción de la mujer es un hecho “natural” en Rousseau que tiene su explicación teórica en el modelo de relación sexual:

En la unión de los sexos concurren cada uno por igual al fin común pero no de la misma forma; de esta diversidad nace la primera diferencia notable entre las relaciones morales de uno y otro. El uno debe ser activo y fuerte. El otro pasivo y débil. Es indispensable que el uno quiera y pueda es suficiente con que el otro apenas oponga resistencia.

Para Rousseau y en cuanto se refiere a la mujer, su “estado de naturaleza” es un estadio presocial y permanente. Al mismo tiempo su “naturaleza”, su ser “esencial” se define no por el disfrute de la igualdad y de la libertad sin limites, sino muy por el contrario, por su sujeción.

Tanto para Rousseau como para Montesquieu, la presencia de la mujer en lo público marca el alcance de la decadencia social: “ya no hay más que un solo sexo, y todos somos mujeres por el espíritu” escribe el segundo criticando a la sociedad parisina de su tiempo, donde las mujeres tenían tanta influencia pública a través de los salones que funcionaban como pequeños círculos artísticos literarios.

Ahora bien, si la mujer fuera por naturaleza sumisa y dócil, como nos quiere hacer creer Rousseau, no sería necesaria tanta imposición como tampoco la educación de Sofia para el yugo, en referencia a su obra Emilio o de la educación.

En la antropología romántica rousseauniana, la mujer cuenta con un poder especial en su debilidad, un poder capaz de encadenar al más virtuoso de los ciudadanos: el poder del deseo. Y esto no puede ser permitido pues la pasión no puede reinar sobre la razón. Ese otro motivo por el que la sujeción de la mujer es necesaria.

La domesticación de la mujer como deseo se realiza a través de la conversión de la mujer en esposa y madre. La institución del matrimonio, “el más sacrosanto e inviolable de los contratos” es el pacto por el que la mujer pasa a definirse como pendiente y dependiente del hombre. No hay otro modo en el que la mujer, para Rousseau se sienta más cómoda y feliz. La mujer como esposa tiene un deber fundamental, agradar al marido y ser, en todo, la que atienda sus necesidades particulares.

La mujer esposa – madre tiene que estar fuera y aparte de la ciudadanía, porque se hace necesaria su sumisión absoluta a las necesidades del varón. A la manera de la “oiko nomia” aristotélica,  la “economía domestica” de Rousseau “está orientada a la reproducción de la propia vida del varón [ciudadano]” (Amparo Moreno, 1984). A la manera de la antigua democracia griega, que Rousseau tanto pondera, definida por el continuo preocuparse por la res publica que sólo era posible porque había unos esclavos que solucionaban los problemas de la res privata, el ciudadano de Rousseau es posible porque hay mujeres en la esfera privada que siendo sentimiento y deseo, atienden a sus necesidades de afección, pero que, al representar la pasión, han de vivir dominadas por la razón para que el orden ciudadano siga existiendo.

La utopía de Rousseau, la de un ciudadano no alienado pues participa activamente en la elaboración de las leyes, se construye sobre la sujeción de la mujer a quien las leyes le vienen impuestas sin mediación de su voluntad, y con ello deja de ser Voluntad General.

En palabras de la propia Cristina (Molina, op. cit.), a quien sigo en su exposición: En la elaboración de su utopía, Rousseau cuenta con un componente necesario de dominación como condición de posibilidad de dicha utopía. Y ello arruina sin duda su sueño.

El sueño ilustrado romántico, se acaba convirtiendo en pesadilla.

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