Traiciones patriarcales a la ilustración. II / V

JOHN LOCKE (1632 – 1704), de la mujer desposeída.

Continuando con la reflexión iniciada en el post anterior, y siguiendo de la mano el texto de Cristina Molina (1994),  Dialéctica feminista de la ilustración, en esta ocasión se aborda la singular traición patriarcal a los postulados ilustrados que realiza John Locke.

Las críticas feministas al discurso liberal en sus orígenes suele ubicar en Locke como quien sienta las bases teóricas de la separación liberan entre el mundo público y el mundo privado.

Locke expone sus reflexiones políticas en su obra Dos tratados sobre el origen del gobierno civil de 1698. El primero de ello, de carácter polémico, es un ataque a las afirmaciones de Sir Robert Filmer expuestas en su obra Patriarcha, acerca de la divinidad del derecho divino de los reyes. Para Filmer toda autoridad terrenal paterna o monárquica tenía su justificación natural en la autoridad divina. Según este autor no existe ningún estado anterior a la obediencia ni siquiera como hipótesis. El poder, y el poder patriarcal concretamente, aparece de forma consustancial al hombre como verdad revelada. Se trata de un argumento “naturalista” que apela a la Teología, en el extremo apuesto de la racionalidad predicada por Locke.

Es en su segundo ensayo donde Locke sostiene que el poder político es convencional y que sólo se puede ejercer justificadamente sobre individuos adultos, libres e iguales y con el consentimiento de éstos. Pero Locke aclara que el poder político no debe confundirse con el poder paternal sobre los hijos en la esfera privada y familiar. En general no se suele advertir que esta separación entre lo familiar y lo político, establecida por el autor, constituye al mismo tiempo una división sexual.

Locke a la vez que afirma que las diferencias naturales entre hombres, es decir su edad, su talento; son irrelevantes respecto a su igualdad política, es incapaz de superar el supuesto patriarcal según el cual las diferencias naturales entre hombres y mujeres implican el sometimiento de éstas a aquellos, o más concretamente de las esposas a los maridos.

Para Locke la esfera pública, la del poder político, abarca toda la vida social a excepción de la vida doméstica. Ambas esferas se basan en principios de asociación antagónicos. La familia se basa en vínculos naturales de sentimientos y de consanguineidad  y en los estatus de madre y padre para la esposa y el marido. Por su lado, la participación en la esfera pública se rige por criterios de éxito, intereses, derechos, igualdad y propiedad universales, impersonales y convencionales; es decir por los criterios liberales aplicables únicamente a los  hombres.

En la sociedad conyugal de Locke, esfera separada y aparte de la vida social y política, la autoridad es, sin discusión, el marido frente a la esposa, alegando, precisamente el designio divino que hizo a la mujer menos hábil y más débil:

Pero siendo necesario que el derecho de decidir, en último término (es decir, de gobernar) está colocado en una sola persona, va a parar, naturalmente, al hombre, como más capaz y más fuerte  (Ensayo sobre el gobierno civil)

Locke convierte la desigualdad entre los sexos —mayor capacidad y fuerza en el hombre— en una desventaja social reinterpretándola como jerarquización entre las dos parte del contrato conyugal. Si frente a Filmer, Locke argumenta que en el acto de la creación Dios no establece ninguna base natural para la absoluta soberanía del monarca respecto al súbdito, si establece en el Génesis, argumenta Locke, la sujeción de las criaturas inferiores al hombre, y la obediencia que debe la mujer a su marido.

De esta manera, así como para la sociedad política la dominación “natural” patriarcal es negada por no tener otra base que los argumentos naturalistas y la apelación a la Voluntad Divina, en la sociedad familiar conyugal, estas mismas bases son utilizadas para instituir la “natural” sujeción de la mujer.

Analizando las “cláusulas” del contrato conyugal lockeano es posible percibir que la asimetría se manifiesta, ante todo, en el poder que confiere al varón para gobernar, sin apelación, los asuntos de la propiedad conyugal.

Efectivamente, su valoración liberal de lo privado apunta hacia la defensa de la propiedad y hacia la afirmación de la “propia” personalidad que se continúa en sus pertenencias. El individuo, redefinido como propietario, es el auténtico protagonista de la vida pública. Pero la mujer, aun en el caso de poseer propiedad, ésta no le confiere una extensión de su propio “yo” hacia la esfera de lo público. La relación de la mujer con la propiedad se articula de otra manera: la mujer, sin llegar a ser ella misma definida como propiedad —al menos teóricamente—cumple en el pensamiento de Locke, la función de cualquier propiedad; es decir, la de “producir las condiciones para dar al varón su entrada en lo público” (Molina op. cit.).

La propiedad, su acumulación y su continuación, son la razón de ser del Estado y del gobierno de Locke. Es esto lo que confiere la ciudadanía y la autonomía real al individuo. Pero también son las razones del singular contrato conyugal que nos propone: el matrimonio se resuelve en un contrato no tanto para proteger el interés común de los conyugues, sino para proteger el patrimonio del padre. Locke es bastante explícito en este punto cuando afirma que el contrato conyugal termina no cuando el interés común cesa, sino “una vez asegurada la procreación y proveída la herencia”. Para Locke lo importante, y en lo que se manifiesta la sabiduría divina, es en el fenómeno de que la procreación haya estimulado la acumulación de propiedad.

Al asumir el estatus quo de su época en que la mujer casada no podría disponer de propiedad alguna, el padre, a través del control de la herencia, no sólo compra la obediencia de los hijos sino que también sujeta a la mujer al negarle el acceso a la propiedad.

En resumen, en el pensamiento de Locke, el papel de la mujer en este singular contrato conyugal se resuelve aportando los hijos que acrecentarán y heredarán la propiedad paterna, a cambio de su manutención y al precio de su sujeción.  El problema no está en que la capacidad reproductora de la mujer le aísle en una esfera doméstica, parte de la vida privada de su marido lejos de los privilegios de autonomía y libertad que confiere la sociedad civil; lo importante aquí está en haberla apartado de la propiedad y su disposición, principio liberal de autonomía y prestigio.

La sujeción de la mujer queda redefinida desde el liberalismo de Locke al situarla entre los desposeídos no como condición temporal, sino como un estado definitorio y definitivo. El patriarcado se redefine así en el liberalismo de Locke, como el poder absoluto del padre sobre la familia y la mujer, a través de su exclusivo control de la propiedad.

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