Será que será Suré

—Abuelo, cuéntame otra vez la historia de la reinvención del mundo—, dijo aquella cría al tiempo que, con una agilidad felina, subía a la hamaca, se cubría con una manta y se acomodaba entre ese par de tejidos como en un útero.

Un hombre mayor la esperaba dentro del círculo de luz que producía la única lámpara encendida en aquel recinto, marcando la cabecera de la hamaca. Su rostro, del color de la tierra, brillaba por los efectos de la luz en su mirada y sonrisa y, simultáneamente, lucía fragmentado por los innumerables pliegues que, en forma de arrugas, lo surcaban al completo.

—Dime— respondió el viejo —¿cuántas veces te la habremos contado?

—Por favor, abuelo, por favor— replico la cría —ya sé que muchas, pero es que es la que más me gusta.

—De acuerdo— contestó el anciano, echándose de espaldas sobre la colchoneta en la que, hasta entonces,  había permanecido sentado.

—Fue hace muchos, muchos años— empezó a narrar aquella voz de fragmentos luminosos, —cuando nacieron las abuelas y los abuelos de mis abuelas y abuelos, la humanidad estuvo a punto de perecer. De cometer suicidio.

En aquel entonces,  sólo unos cuantos vivían tomando del planeta cuanto querían. La mayoría sobrevivía con mucho esfuerzo, mientras que muchos sólo nacían al mundo para mal morir. Era un mundo sangrante.

Gobernado y organizado por esos cuantos, se dividía en países que producían lo que elllos necesitaban. Sus expertos predicadores aseguraban que había que producir a toda costa. Que sólo así, algún día, la mayoría podría tomar del planeta lo que quisiese. Y la mayoría les creía en su gobierno, y no se hablaban, y guerreaban entre ellos porque les habían convencido a creerse de culturas, de naciones o religiones distintas.

Rius, "Teletroya", 72. Se creía tanto en ese desorden mundial, que se dedicaba la vida a trabajar para esos cuantos a fin de poder comprar, con su vida, lo que esos cuantos les vendían.

“Es sencillo”, se repetía como letanía por todos lados: “que cada cual piense sólo en su beneficio, en lo suyo, cuando mucho en los suyos. Nosotros pensamos por todos”. Era la época de la razón obscura.

El primero en levantar su voz fue nuestro propio planeta. Y dijo: ¡Basta de contaminación y acumulación de desperdicios! ¡Nunca más ecocidios y sobrexplotación!  Y lo gritó en su lengua de Madre Tierra como lamentos de calentamiento global y cada vez más frecuentes sequías, huracanes, deshielos, terremotos, tormentas.

Entre los mandamases apenas se escuchó esta voz, y creyeron acallarla con sus sortilegios de indicadores macroeconómicos y productos brutos.  “Para producir más y mejor” aseguraron, “construyamos una Aldea Global tejiendo una red de lenguas y puertos que concentre los beneficios y disperse los riesgos de la diversidad”.

Al principio sólo unos pocos, los más aventureros de entre las mayorías, supieron escuchar con atención los lamentos del planeta y aprendieron pronto a utilizar y a apropiarse de los puertos en red y empezaron a decirse y a escucharse, en distintas voces, con viejas y nuevas lenguas: ¡Basta de guerras y etnocidios! ¡Nunca más violencia, racismo, discriminación! 

Quienes pronto unieron sus voces a la lengua de la Madre Tierra fueron quienes no habían dejado de escucharla. Quienes compartían sus propios lamentos como hambrunas, epidemias, desalojos, masacres, vidas y muertes de miseria. Cada vez más, entre muchas y muchos se dijeron que quien está condenado a morir, tiene el derecho a pedirlo todo, y lo pidieron todo. Un mundo distinto, otro. ¡Basta de tanta muerte inútil! ¡Nunca más un mundo sin nosotros!

Fueron mujeres las primeras que acudieron al llamado. Ellas latían con la voz del planeta pues padecían con él, en sus carnes sobre la tierra, este orden de producción suicida que ocultaba, hacía milenios, la procreación. Ésta se había dejado en sus manos y con esa carga a cuestas, se les apartaba del mundo.

Se llegó a creer que con volverlas hombres, con darles las mismas oportunidades que a los hombres de vender sus vidas, se apoderarían de sus palabras. Pero bajo ese desorden, producción y procreación eran incompatibles. Entre la mayoría o se vendía o se daba vida. Así, y entre los rincones de excluidos y marginados, entre cada vez más mujeres y hombres, la vida era el único don y, a pesar del desastre cotidiano, se perpetuaba, se perpetúa incansable.

Fueron las mujeres quienes extrajeron las enseñanzas y consecuencias de aquella sin razon, de esa gran estafa y quienes primero unieron sus voces para decirse, para decirnos al resto del planeta: “Si lo personal es político, la procreación es asunto de la tribu. Y aquí no hay más tribu que la humana. ¡Basta de mortandad infantil por enfermedades curables, por hambre! ¡Nunca más un mundo de fronteras y beneficios! ¡Para tod@s, todo!” Fueron voces femeninas, feministas quienes primero llamaron a la construcción de la Tribu Planetaria. Fueron ellas quienes encabezaron la subversión doméstica global.

Muchos, en sus campos, en sus miserias, se organizaron rápidamente como redes de barrio, como municipios “autónomos” entramados.

En las ciudades se empezó tejiendo la tribu entre parientas y amigas, para extenderse, poco a poco, a parientes, a amigos, vecinas y vecinos, dentro y entre comunidades presenciales y a distancia, en todo muro. Se fueron conquistando, plaza por plaza, puerto a puerto, ciudades y provincias para la vida.

A su alrededor se encontraban voces, palabras, saberes y haceres a favor del planeta, a favor de una digna procreación. La consigna era usar toda lenguas, cualquier miedo para reinventar las dimenciones de la diversidad. Cada espacio recuperado se concebía como una aldea que alimenta, y se alimenta, creciendo con la red planeta tierra.

 Estación claridad: vengo llegando http://javiersoriaj.wordpress.com/ Fueron las décadas heroicas de las revueltas pacificas, de las masivas repulsas y boicots al consumo, del nacimiento de las eco-cooperativas en rebeldía, de las primeras huelgas globales. Cada aldea, cada comunidad, real o virtual, convencida de la posibilidad y necesidad de reinventarnos como tribu creando un mundo para la procreación, como primer biencomún, se reinventó a sí misma cuidando de, y procurando, gracias a la red, la reinvención del otro, de lo otro. Se trata de pensar y latir por una misma, como persona desde mi aldea, y con todas las otras personas y aldeas de la tribu humana por la vida en el planeta.

http://verdeporquetequieroverde.wordpress.com/Hubo entonces, y hay aún de vez en cuando, quienes prefieren ir a colonizar otros mundos. Pero quienes nos quedamos en éste, sobre la Madre Tierra, lo hacemos entre personas de la tribu para cuidarla, para cuidarnos. Para asegurar la procreación digna de la diversidad de nuestra especie y de sus entornos originarios—.

El anciano guardó silencio. Tras la cúpula inteligente bajo la cual se encontraban, la noche se había aclarado lo suficiente atenuando la luz en el interior de aquel recinto. En el rostro de la cría, con los parpados cerrados como en ese momento, el abuelo se reencontró con la luna llena de su infancia. Antes de que su blancura originaria fuera resquebrada por las primeras colonias.

—Sabes abuelo—dijo la cría color plenilunio sin abrir los ojos, —es genial ser persona en esta aldea, y tener una comunidad de abuelas y abuelos como ustedes. Todos cuentan la misma historia, y a vez una historia distinta. Y claro!, acabamos haciendo nuestra propia versión con con trozos de las vuestras.

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—Es nuestra labor progenitora con la tribu, Suré. Será la tuya a partir de tus setenta traslaciones.Yo ya llevo más de cincuenta como guardían de la memoria.

El anciano hizo una pausa dejándose llevar por un fugaz caudal de recuerdos. Su vida le pareció un flujo reconfortante de abrazos y caricias, con sus acogedores vórtices de amor y deseos consumados.

—Ahora, con tus ocho: —dijo finalmente tras un breve suspiro— a dormir.  Y mientras le regalaba sus recuerdos y acababa de cobijar a aquella cría, se despidió con un tono de complicidad y hoguera. Casi como usurro: —Tu labor ahora es cultivarte para perpetuar nuestra más valiosa herencia. Éste, nuestro biencomún planeta ¿No les evalúan mañana, en la proÁgora, en eco-tecnologías de la Amazonia?

—Cúpula, entorno de sueño por favor. Hasta siempre peque Suré. Te queremos.

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